Por Rafael Gil
EEUU.— Estados Unidos está a punto de vivir una de las jornadas electorales más importantes para el futuro político de Donald Trump. Este martes 3 de noviembre, millones de estadounidenses acudirán a las urnas para renovar la totalidad de la Cámara de Representantes y 35 escaños del Senado. Pero detrás de esta elección hay un fenómeno que podría cambiar el mapa político estadounidense: el despertar del voto latino y, particularmente, el de una generación de jóvenes nacidos en Estados Unidos, hijos y nietos de inmigrantes.
Trump no está en la boleta, pero su gobierno sí.
Los indicadores previos a la jornada electoral muestran señales de alarma para los republicanos. Una encuesta publicada por Reuters/Ipsos este 2 de noviembre coloca la aprobación presidencial en apenas 32%, mientras que los demócratas mantienen una ventaja de ocho puntos en la intención de voto para el Congreso: 46% frente a 38% de los republicanos. El encarecimiento de la vida, la economía y el descontento con la gestión presidencial figuran entre las principales preocupaciones ciudadanas.
Un sector que merece especial atención: los latinos.
De acuerdo con el Pew Research Center, Estados Unidos cuenta con aproximadamente 39 millones de ciudadanos hispanos con derecho a votar en estas elecciones, lo que representa el 16% del electorado elegible. Desde 2022, este segmento incorporó 5.2 millones de nuevos votantes potenciales, el mayor crecimiento registrado entre los principales grupos raciales y étnicos del país.
No estamos hablando solamente de inmigrantes que llegaron buscando oportunidades, sino de sus hijos y nietos, ciudadanos estadounidenses que crecieron entre dos culturas, que hablan inglés, que estudian en universidades, trabajan, pagan impuestos y que, en muchos casos, han visto a sus padres construir una vida lejos de su país de origen.
Son estadounidenses por nacimiento, pero conocen de cerca el sacrificio de la migración. Han visto a sus familias trabajar para salir adelante y ahora observan cómo las políticas migratorias, las deportaciones y el discurso contra los inmigrantes impactan a sus comunidades.
¿Estamos frente al despertar de un gigante dormido?
Los números sugieren que algo está cambiando. Pew Research encontró que los candidatos demócratas al Congreso tienen una ventaja de 51% frente a 24% entre los votantes latinos registrados. Además, el 55% considera su voto legislativo como una expresión de rechazo a Trump.
La aprobación del presidente entre los votantes hispanos cayó al 24%, frente al 38% registrado al inicio de su segundo mandato. Incluso entre quienes lo respaldaron en 2024 se observan señales de desgaste.
La Universidad Tufts, calcula que cerca de 10.8 millones de jóvenes latinos de entre 18 y 29 años estarán habilitados para votar en 2026. Sin embargo, el desafío sigue siendo la participación. En las elecciones intermedias de 2022 solamente votó el 14% de los jóvenes latinos elegibles de ese grupo de edad. El verdadero cambio no dependerá únicamente de cuántos tienen derecho al sufragio, sino de cuántos decidan ejercerlo.
¿Qué perdería Trump si los republicanos pierden el Congreso?
Mucho más que una mayoría parlamentaria. Si los demócratas conquistan la Cámara de Representantes, Trump perdería el control de sus comisiones y enfrentaría una oposición con capacidad para abrir investigaciones, exigir documentos, citar funcionarios y someter a escrutinio las decisiones de su administración.
La agenda legislativa republicana quedaría seriamente comprometida. Presupuestos, reformas fiscales, políticas migratorias y nuevas iniciativas presidenciales tendrían que enfrentar una oposición mucho más fuerte.
Si además los demócratas recuperan el Senado, el golpe sería todavía mayor: los republicanos perderían el control de las confirmaciones de funcionarios y jueces federales, así como de otros nombramientos estratégicos. Trump conservaría la Presidencia y sus facultades ejecutivas, incluido el veto, pero gobernar sería considerablemente más complicado.
Una derrota en ambas cámaras también abriría la puerta a investigaciones legislativas sobre las decisiones de la Casa Blanca, incluida su política exterior y la guerra con Irán. No significaría automáticamente el fin de su mandato, pero sí un cambio profundo en la correlación de fuerzas de Washington.
Por eso resulta particularmente significativo que Trump haya ofrecido entregar 5 mil dólares a cada adulto ciudadano estadounidense si los republicanos conservan el control de ambas cámaras. La propuesta, anunciada en septiembre, implicaría un desembolso superior al billón de dólares, y requeriría explicar cómo se financiaría y aprobaría.
La elección también pondrá a prueba si el descontento por la economía, la guerra con Irán y las políticas migratorias logra traducirse en votos.
El voto latino no pertenece a ningún partido. No es una propiedad electoral de los demócratas ni un bloque que pueda darse por ganado. En 2024, Trump consiguió avances importantes entre los hispanos y muchos de ellos siguen respaldando a candidatos republicanos. Pero ese apoyo tampoco es incondicional.
Lo que está en juego es algo más profundo: una generación que ya no observa la política migratoria como un asunto lejano, porque sus consecuencias llegan a sus hogares, sus escuelas, sus centros de trabajo y sus familias.
Quizá Trump no haya calculado el alcance de ese fenómeno. Quizá tampoco haya dimensionado que los hijos de quienes cruzaron una frontera para buscar una vida mejor hoy tienen una herramienta que sus padres muchas veces no tuvieron: el poder de decidir, mediante el voto, quién gobierna el país donde nacieron.
Este martes sabremos si ese gigante finalmente despertó. Y si lo hizo, Washington podría descubrir que el futuro político de Estados Unidos ya no se puede escribir sin escuchar la voz de millones de estadounidenses de origen latino.























